Día 1.476 de eRepublik
Siete días siete llevo en esta isla a la que Lantanique y yo
llegamos tras nuestra heroica y precipitada huida de eBrasil. El que pilotase
ella no es achacable a que nos estrellásemos en la inmensidad del océano, que
no soy de los que piensan que conducen prudentemente como el culo, válgame
eDios, pero quizás tuvo algo que ver el caza de combate brasileño que nos
perseguía.
La llegada a esta isla desconocida, y probablemente marcada
en gris en el mapa del eMundo, fue en principio una bendición. Lantanique y yo
solos, como si de Adán y Eva se tratase para repoblar la isla o archipiélagos
enteros si se dejaba, era cuestión de tiempo y dedicación, pero según pasaban los días mis planes para que pequeños
espaugyles lantánicos correteasen a decenas por las playas se han ido
desvaneciendo.
Mínima parte de las decenas o centenares de pequeños
espaugyles lantánicos con los que pretendía repoblar la isla y el eMundo… pero
no hubo colaboración.
Los primeros días fueron prometedores. Por lo pronto
Lantanique había sufrido desperfectos en su uniforme y, como la tienda más
cercana estaba a tropecientosmil kilómetros en cualquier dirección, optó por
apañárselas con lo que daba la naturaleza… y la naturaleza es sabia. Dos medios
cocos, un trozo de liana y varios ramajos sirvieron para que se compusiese una indumentaria
cardiaca… podéis imaginar y relameros pensando en los dos medios cocos bien
colocados y en la falda hawaiana que dejaba anatomía al descubierto al más
mínimo movimiento o brisa.
Mi ánimo en aquel momento era más que grande, mi estado
cardiaco el de un corredor de maratón con arritmia y una inspección de Hacienda
pendiente, y mi moral aún se encontraba elevada. Que saltase sobre aquella
indefensa nativa lantánica cual lince sobre un conejo (lince por ser muy
ibérico y conejo… porque también hay en España) era sólo cuestión de tiempo y
oportunidad.
Imagen parcial de Lantanique y su alta costura isleña… lo
demás imaginadlo.
Los años como avezado Corresponsal de Guerra, metido en
batallas a prudente distancia, persecuciones en las que he batido varios
records de velocidad sin posibilidad de homologación, peleas de bares en las
que siempre conseguía escapar de malvados camareros que pretendían hacerme
pagar la cuenta, y otras muchas peripecias con agentes de la GestapoeRepublik y
jaurías de perroplátanos, me han curtido y me han templado los nervios lo
suficiente como para saber que hay que disimular, que hay que parecer
inofensivo y que es mejor atraer a la presa a un callejón oscuro antes de
atacar y robarle la cartera. Es por eso que puse en práctica todos los conocimientos
adquiridos durante mi eVida sobre las aguerridas féminas de eRepublik y tracé
un astuto plan a pesar de estar sobrio.
Lo fundamental era hacerme notar, que se diera cuenta quien
era el macho alfa de aquella manada de dos con un sólo macho, por lo que me
desprendí de mis ropas y paseé mi desnudez por la isla, con mi cuerpo brillante,
embadurnado de grasa de un pútrido atún que el mar había arrojado a la playa. Para
mi sorpresa aquello sólo sirvió para pasar mi primera noche en solitario, a la
intemperie, en la playa, mientras ella
dormía en la improvisada cabaña que se había construido con su navajita suiza,
ramas y lianas, y que parecía confortable y cálida en la lejanía. Me convertí
en el primer macho alfa destronado sin haber otro macho que me disputase el
lugar: mi autoestima comenzó a resquebrajarse.
Al día siguiente, despierto desde el amanecer por la
insistencia de un cangrejo que no paraba de intentar entrar en mi nariz
pellizcando todo lo que le estorbaba, fui testigo de algo extraño: miles de
marmotas nadaban en dirección a eBrasil ¿habría acabado el eterno Día de la
Marmota? No tenía forma de saberlo pero más piezas del rompecabezas se fueron
mostrando, aunque no conseguí resolverlo hasta tiempo después.
Miles de marmotas, hasta el horizonte, nadaban hacia
eBrasil ¿había llegado la paloma de la paz a eEspaña? ¿Estará la paloma
acompañada de arroz siendo devorada en algún barracón militar?
La siguiente pieza fue el maná que cubría la arena de la
playa. Plátanos y más plátanos eran traídos por las olas. Ahí pude hacerme
valer y mantuve a Lantanique alejada del peligro hasta que comprobé que aquella
munición brasileña, fruto de algún naufragio, probablemente de la retirada
apresurada de los brasileños de Canarias, estaba desactivada y era segura para
comer. Gané un par de puntos con mi heroica acción, pero casi los recibo de
sutura en la cabeza al caer la noche, ya que intenté pernoctar apretado a ella
en la cabaña y fui amablemente conminado a dormir de nuevo en la playa,
teniendo que esquivar cocos lanzados con gran puntería en el proceso.
Munición brasileña de la que nos alimentamos durante días
¿Cuántas peligrosas platano-minas estarán aún a la deriva en el océano haciendo
insegura la navegación?
La noche se convirtió en día sin poder pegar ojo, al parecer
cierto cangrejo había traído amigos y familia al parque temático de mi nariz,
así que la llegada del amanecer me cogió despierto y fui testigo de otra de las
piezas del rompecabezas sobre lo que acontecía en el exterior. Asombrado
contemplé un convoy de barcos de guerra y mercantes de pabellón argentino rumbo
a las Canarias. Los navíos iban extrañamente sobrecargados, algunos escorándose,
con la línea de navegación tan baja que parecían submarinos. Uno de ellos, al
posarse una gaviota en estribor, escoró y naufragó irremisiblemente, dejando
parte de su carga a la deriva. La marea y las olas hicieron el resto y algunas
cajas llegaron mansamente hasta mi playa-dormitorio.
Lantanique, ya despierta, con sus negros rizos al viento,
desperezándose como una gata (nunca un gato me ha despertado tanto mis
instintos… instintos chocopunteables tan sólo por tenerlos), se me unió en la
labor de abrir aquellas pesadísimas cajas, pero en cuanto volcamos la primera y
vi los rótulos la tomé de la mano y casi la dejo manca al salir corriendo
arrastrándola y adentrándonos selva adentro.
-Pero ¿qué te ha entrado ahora?- me preguntó frotándose la
mano una vez que estuvimos a cubierto.
-Peligro… peligro argentino…- contesté aún sin aliento por
la carrera y con la vista fija y baja hipnotizado por las partes pares que
subían y bajaban por su respiración agitada.
-Son simples cajas, igual contienen algo de utilidad…
-Eran peligrosas armas de destrucción masiva- la interrumpí.
Fue entonces cuando comprendí lo
sobrecargado de los barcos y como todos iban con peligro de hundimiento.
-Transportaban E.G.O. argentino- continué explicándole-
Explosivos Geoestratégicos anti Orto, algo sumamente peligroso para los que no son
argentinos e incluso para ellos mismos. Un solo gramo se te hace tan pesado
como una tonelada y te puede lesionar ciertos esfínteres con sus argumentos
interminables que se activan al explotar. He visto mucho horror como
Corresponsal de Guerra pero esto lo supera todo, hemos estado muy cerca de la
muerte- argumenté en busca de horizontalidad en común- ¿no crees que deberíamos
celebrarlo?
-NO- me contestó buscando un palo mientras no me quitaba
ojo.
Barco argentino zozobrando por el desmedido peso de su
carga de E.G.O (Explosivo Geoestratégico anti Orto). Creía que lo había visto
todo en eBrasil… qué equivocado estaba.
La isla ya no era segura y mis posibilidades de coyunda,
alcohol y de preservar mi nariz por culpa de los cangrejos una noche más eran
cada vez más escasas, por lo que de común acuerdo decidimos que había que
volver a la civilización… pero eso lo dejo para mi próxima crónica, que mandaré
en la siguiente botella-correo.
Desde la isla de las desilusiones, de inmejorables vistas
pero nulo tacto en horizontal, se despide este corresponsal.
Espaugyl






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