Día 1.506 de eRepublik
No soy un dechado de virtudes, lo sé, incluso hay quien
testificaría en mi contra en cualquier juicio sin saber si quiera de qué se me
acusa, pero son los riesgos de ser un periodista hecho y derecho, de los de
siempre, un periodista completamente corruptible, subjetivo y alerta para
mantener a sus lectores desinformados… soy un periodista de la vieja escuela,
de aquella que había al final de la calle, de aquella de la que me desahuciaron
antes de derribarla dándome apenas tiempo para recoger mis cosas y
largarme. ¿Y por qué os cuento esto?
Porque es por mi azarosa profesión, siempre corriendo delante de alguien o de
algún enfurecido grupo, militar o del gremio de la hostelería, lo que me ha hecho vivir situaciones
inverosímiles e incluso cercanas a la realidad… como cuando desperté esta
mañana, con la boca pastosa, legañas del tamaño de una moneda, abrazado a una
señal de tráfico arrancada de cuajo, con los calzoncillos en la cabeza, entre
la basura de un callejón aledaño a mi hogar, y con una descomunal amnesia
alcohólica.
La Gran Escuela de Periodismo Espaugyl poco antes de ser
derribada… ¡Qué tiempos aquellos! Cobraba a mis alumnos con la escusa de que el
saber sí ocupa lugar y que había que hacerle sitio en las carteras, por lo que
me sacrificaba vaciándoselas.
Lo último que recordaba con claridad era la cena navideña de
Lantanique, y también recordaba haber salido más bien perjudicado de allí, e
incluso recordaba la resaca del día siguiente, pero los últimos días, hasta el
presente, son un misterio para mí. En casos parecidos, cuando acabo con los
calzoncillos a modo de vistoso sombrero de diseño (me lo han querido comprar
algunos snobs en otras ocasiones… y los he vendido a buen precio, terminaré
marcando tendencia en la moda), pues como decía, como ya he vivido algunas
situaciones parecidas he desarrollado un protocolo que básicamente se reduce a
dos puntos fundamentales: Averiguar si aún me puedo sentar como un hombre, sin
dolor esfinterial, y repasar los periódicos por si salgo en primera plana por
algo que no recuerdo o que he preferido olvidar.
Con dicho protocolo en mente, habiendo palpado lo suficiente
de mi retaguardia como para suspirar aliviado, guardándome los calzoncillos en
el bolsillo superior de la camisa dejando asomar dos picos cual Lord inglés,
entré decididamente tambaleante en la oficina… vale, bien, en el bar bajo mi casa,
que ya sabéis que es lo más parecido a una oficina que frecuento. Me senté en
un taburete, pedí el periódico, una rebanada de pan de campo tan sólo un poco
más pequeña que el susodicho periódico, le unté aceite y ajo, y comencé a
saborear un café negro como los cojones de un grillo mientras veía que no era
noticia gracias a eDios.
Mi oficina, el lugar de trabajo de todo buen periodista,
donde surge la información y donde, movido por el alcohol, dije un fatídico
día: “A que me voy a cubrir esa guerra” y me respondieron a coro: “¿A que no
hay cojones?”. Fue el comienzo de mi andadura como Corresponsal de Guerra.
Algo más recuperado seguí ojeando el periódico, había aún
artículos en Serbio en la sección de Aragón, hablaban de no sé qué robo de
millón y medio en las Fuerzas Armadas que al final era menos, que incluso podía
ser que no fuera o que fuese todo lo contrario y que se les debiera a los
militares, que la cosa cambiaba a cada párrafo; también leí algo que firmaba el
desequilibrado de Avutardo sobre quemar a gente en efigie e incluso había una
alerta sanitaria sobre sospechosa mortandad infantil en Eden, una especie de
babyboom continuo que hacía que los infantes viviesen lo justo como para
descargar sus bazucas en batalla y donar/gastar su oro… un misterio digno de
ser investigado, de los que hace que la GestapoeRepublik se relama pensando en
los chocopuntos que repartirá en sus oscuros sótanos a los que se atrevan a
investigar… que no seré yo.
Oficina de gestión de denuncias de la GestapoeRepublik,
siempre dispuesta a sancionar a quien investigue lo que no debe en este
juego.
Y entonces se me hizo la luz, recordé el porqué de mi
lamentable estado, porque no sólo me dolía la cabeza, tenía el estómago como si
hubiese comido cristales y tenía un mal sabor de boca comparable al que se
pueda tener si se te mea un gato en la misma, que por otra parte podía haber
ocurrido en el callejón mientras estaba inconsciente. La peor parte se la
llevaba mi corazón, un corazón roto, destrozado y pisoteado. Ahora recordaba
que el extraño desinterés de Lantanique hacia mi varonil persona había hecho mella
en mí, más por lo inexplicable de no rendirse a mis muchos y olorosos encantos
que por otra cosa, pero lo cierto es que mi corazón le había dado órdenes a mi
hígado y la noche de Fin de Año me tomé las doce botellas de Whisky en vez de
las doce uvas… que ruego encarecidamente que no imite nadie si no ha tomado la
precaución de hacerlo en la sala de espera de Urgencias para ahorrar trámites.
Todo estaba explicado, o casi todo, porque lo de la señal de tráfico y los
calzoncillos en la cabeza seguirá envuelto en el misterio de las brumas
alcohólicas.
Hay quien tras las doce campanadas deja restos de uvas,
pepitas y otras mariconadas, yo este año dejé esto.
Y con estos pensamientos, ensimismado, con el latir de mi
destrozado corazón apenas rozando lo saludable, pensé que me moría, porque en
vez del habitual pum-pum oí un extraño rugido, entre chirriar de máquinas mal
engrasadas y rugido de león en celo en la sabana… afortunadamente eran mis
tripas, que pedían algo para aplacarlas. Miré la pizarra para ver que tapa
había por ahí para dejar a deber y vi que en ese momento, con furia salvaje, un
parroquiano habitual del bar, un tal Cronos85, se subía de un salto a la barra,
borraba a salivazos el sitio donde ponía “Croquetas de Jamón” y gritaba ”Guerra al enemigo croata-croquetero y a sus amigos
simiescos-plataneros”.
Lamentable y única imagen que tengo en mi archivo de
nuestros nuevos enemigos, la crueldad brilla en sus ojos… y los plátanos están
por llegar.
Estábamos otra vez en guerra, menos mal. Le dije
apresuradamente al camarero que me apuntase en mi cuenta el desayuno y salí
precipitadamente camino de mi casa a por mis cosas para cubrir a prudente
distancia los combates… y mientras hacía esto vi como una real hembra de pelo
rizado, con su uniforme de combate de camuflaje, que en nada camuflaba sus
formas y contundencias pares, se encaminaba hacia un transporte de tropas
mientras le gritaba por el móvil a un tal Pikoro para que se dejase de
tonterías de dormir y querer cobrar y que siguiese trabajando en sus empresas.
La vida seguía y el que la sigue la consigue, o se gana una orden de alejamiento.
Desde el cuarto de baño de mi casa, en donde acabo de
expulsar la tostada y el café por donde mismo entró, se despide este
Corresponsal de Guerra.
Espaugyl







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