Solitario y tranquilo me hallaba en Andalucía tras mi última
crónica, algo diferente a mis riesgos diarios como corresponsal de guerra, tan
sólo batallando con mi café e intentando no manchar la camisa con el aceite de
mi tostada, cuando la aventura me asaltó a mí y no al revés. La aventura tenía
dos piernas y dos de todo, incluso orejas entre sus rizos, brillantes como el
aceite de mi tostada y negros como el pecado (y se me ocurrían muchos en ese
momento). Cuando pude dejar de mirarle el cuerpo y todas sus parte pares la
miré a la cara y me di cuenta de que la conocía… pero no me dio tiempo ni
siquiera a pronunciar su nombre porque en cuanto pidió un fanta fresquito al camarero
una pléyade de soldados que estaban allí de permiso, de no más de 15 o 16 años,
se abalanzaron compitiendo por pagar la consumición.
-Hola, Lantanique- la saludé indiferente mientras disimulaba
que mi falta de concentración me había llevado a tener una bonita mancha de
aceite en la camisa con la forma y el tamaño de África.
- Hola Espaugyl- me contestó mientras se acercaba,
contemplaba la mancha de África que poco a poco se convertía en un globo
terráqueo, y me levantaba la barbilla para que la mirase a los ojos, que
también son pares.- Quiero probar lo que me ofreciste.
En ese momento ganas tuve de hincarme de rodillas y dar
gracias a eDios por su bondad. El problema es que a diario hago infinidad de
proposiciones, no todas legales, y con el alcohol hago muchas más, y de todos
es sabido que un corresponsal de guerra es al alcohol como un jardín a las
flores o un político a sus promesas, es
decir, inseparable. Conteniéndome de forma sobrehumana para no llorar de
emoción, pensando que aceptaba alguna de mis proposiciones más imaginativas y
horizontales, acerté a balbucear:
-¿A qué te refieres, nena?
-Pues a qué va ser, a lo que me dijiste en los comentarios
de tu última crónica, a acompañarte a la próxima zona de combate para que
saborease la emoción y el riesgo de los corresponsales de guerra.
Sí, sí… emoción y riesgo te daba yo a ti, pensé, pero
enseguida mi vena romántica se calmó. No era lugar para dar rienda suelta a mis
instintos, y menos sobre la barra del bar, toda llena de platos con migas de
tostadas recién devoradas y vasos con restos de café, así que pensé que si
mostraba naturalidad e indiferencia tiempo habría para que la adrenalina en el
fragor del combate hiciese mella en su altivez vertical y la hiciese
horizontalmente sumisa.
Como esto de las guerras no tiene ni horario ni educación no
pudimos terminar de desayunar, el rumor de que eEspaña invadía eBrasil corría
como la pólvora por todo el bar, así que quedé con Lantanique en vernos en el
Aeropuerto de Jerez de la Frontera y desde allí tomar un vuelo para eBrasil.
eBrasil en plena invasión. Jamás podíamos haber imaginado
lo que es el desarrollo armamentístico dirigido por otra especie hasta que no
lo vimos allí.
En el aeropuerto de Jerez la cosa no empezó bien. Lantanique
apareció con lo imprescindible, según ella, para viajar, es decir, una maleta
del tamaño de un frigorífico con la ropa “de salir”, un baúl tamaño escritorio
mediano para sus zapatos, tres maletas tamaño mesita de noche para su ropa
interior (para qué tanta, pensé, quizás es que me ve cara de arrancársela con
los dientes), y una mochila con su uniforme de combate y algunas armas.
Pacientemente le expliqué que yo era cliente preferente de Ryanair, como quedó
claro en mi primera crónica, y que por mucho que me trataran como a un VIP
igual nos salía algo caro el exceso de equipaje.
La discusión no duró mucho más porque al llegar al mostrador
de Ryanair algo me hizo cambiar de idea y marchamos a Cádiz para embarcar con
las tropas en uno de los barcos que se dirigían con pertrechos y vehículos
hacia territorio brasileño.
Los irlandeses son muy rencorosos tampoco me porté tan
mal con las azafatas en mi anterior viaje en Ryanair.
Lantanique me tenía desconcentrado. Habitualmente solía
aprovechar los viajes a las zonas en conflicto para planificar los mejores
lugares de observación del frente, es decir, las mejores terrazas de bares,
restaurantes y cómodos hoteles, pero la presencia de aquel felino ensortijado
paseando por cubierta me distraía tanto o más que a la tropa. Eso sin mencionar
los innumerables resbalones y accidentes que provocaban las babas que aquellos
imberbes soldados iban dejando a su paso.
Según nos acercábamos a nuestro destino, a lo que los
brasileños llaman por algún extraño motivo Norte de Brasil y que en nuestros
mapas aparece como Sur de España, el ambiente era cada vez más tenso. Los
rumores sobre el nuevo armamento brasileño y sus técnicas de combate
preocupaban a los mandos, que ya tenían noticias de las batallas que iban
perdiendo las primeras oleadas de la invasión, y por otro lado la tropa
comenzaba a estar incontrolable, al parecer por las peleas para subir a
cubierta en los momentos en que a Lantanique le daba por tomar el sol (decía
verse muy blanca para ir a una guerra).
Lantanique al sol en cubierta preparándose para los
horrores de la guerra.
Poco antes de llegar se desencadenó el infierno. Todo
ocurrió cuando, como de costumbre, intentaba convencer a Lantanique para
compartir camarote alegando que si dormíamos juntos, abrazados y uno sobre el
otro, el mareo en alta mar era prácticamente inexistente, pero esta vez mi
argumentación quedó interrumpida por el sonido de disparos. Al parecer éramos
testigos de una persecución. Una de nuestras lanchas patrulla había topado con
una embarcación de la Armada Brasileña, y contra todo pronóstico eran
perseguidos y tiroteados por un extraño diseño que por lo diabólico sólo podía
haber salido de la mente de un enfermo o de la mente de otra especie no humana
y comedora de plátanos. Los nuestros disparaban desde la borda y, para mi
sorpresa, Lantanique rebuscó en su mochila hasta encontrar una enorme
ametralladora con bípode, que apoyó en cubierta, y comenzó a disparar en cortas
ráfagas, mientras yo embelesado contemplaba como interesantes partes de su
anatomía temblaban con cada una de esas ráfagas.
Infernal platanolancha persiguiendo a una patrulla
española.
Lantanique, sin apenas despeinarse, hizo blanco en la
platanolancha, por lo que fue vitoreada e invitada a litros y litros de fanta
por los soldados, pero tanta celebración no presagiaba nada bueno.
En cuanto tocamos tierra vimos que era evidente que las
cosas no iban bien. La playa estaba cubierta de croquetas, yogur y kebabs a
medio descomponer, cadáveres españoles, serbios y polacos flotaban mecidos por
las olas y para colmo de males me mojé los zapatos en cuanto salté de la lancha
de desembarco. Afortunadamente Lantanique se puso su uniforme de combate ante
mi insistencia, porque la desmoralizada tropa estaba como para andar distraídos
mirando sus contoneos y vaporosas indumentarias, pero quizás el verla con un
arma, agazapada tras un muro del paseo marítimo ponía más que verla con tacones
por el barco.
Armándome de valor conseguí llegar hasta donde ella estaba,
y a punto estuve de resbalar en un plátano-mina que hacían caer hasta al más
veterano de los combatientes. Con la cabeza baja, entre ráfagas de plátanos,
conseguimos llegar a nuestro primer objetivo: un bar a pie de playa, desierto y
con un buen surtido de bebidas sin vigilancia. Andaba preguntándole a
Lantanique cuanto hielo quería en su whisky cuando un sonido atronador me hizo
asomarme fuera del bar… blanco como la pared le grité a Lantanique que lo
dejara todo y corriera tras de mí, que ya le llevaba cincuenta metros de
ventaja. Apenas nos dio tiempo a refugiarnos en otro bar tras la barra (tengo
grandes dotes de orientación para correr de uno a otro), cuando la fuerza aérea
brasileña destruyó nuestro antiguo refugio.
Hay que estar mal de la azotea para diseñar esto y que
encima vuele, pero los brasileños son así.
La batalla era terrible. Las paredes de todas las calles
estaban cubiertas de plátanos aplastados y croquetas reventadas y el suelo
estaba resbaladizo de yogur griego. Con tanto ajetreo y esconderme estaba
polvoriento, sucio, desgreñado y se me había derramado el whisky con el que
corría, casi desee estar tan muerto como los españoles que aquí y allí
encontraba en charcos de su propia sangre. Lantanique sin embargo estaba
radiante, perlada de sudor, jadeante… y cuando quise comentárselo sin palabras
y comenzaba a desabrocharme la camisa fue ella la que esta vez me hizo
agacharme tras la barra… pensé que ya era mía, pero se trataba de otra cosa:
una patrulla pasaba por la calle registrando las casas desocupadas y rematando
a los heridos a platanazos.
Soldados brasileños de patrulla rematando heridos.
En silencio vimos como se alejaban por la calle. Justo
cuando habían desaparecido por la esquina nos dimos cuenta de que no teníamos
ningún arma para defendernos, todo había quedado sepultado bajo los escombros
en el ataque aéreo. Salimos agachados ya con la única misión de volver a
nuestras líneas, que por el ruido de los combates estaba cada vez más lejos,
cada vez más cerca del mar, porque era evidente de que estábamos siendo
rechazados a pesar de nuestro valor, el mío en especial. Recogimos un arma brasileña, de diseño tan
diabólico como todo lo visto hasta el momento y encañonamos a los ocupantes de
un platanomóvil militar con el que conseguimos llegar hasta la playa. El resto
que os lo cuente Lantanique, porque hay discrepancias sobre lo que pasó a
continuación: hay quien dice que quería volver a combatir sabiendo que nos
retirábamos, que como un poseso quería adentrarme en territorio enemigo sin
valorar el riesgo para llevarme por delante a cuentos encontrase, que me
tuvieron que dejar sin sentido para reembarcarme de vuelta a eEspaña… otros
dicen que resbalé en una croqueta y me di con una sombrilla de la playa en la
sien… lo cierto es que desperté al cuidado de Lantanique, en su camarote y con
la ropa primorosamente doblada en una silla… no sabéis cuanto temo haber sido
mancillado por aquella mujer a la que en todo momento he respetado como a una
hermana, y lo peor es que cada vez que le pregunto quién me desvistió y me
metió en la cama ella me ignora con una extraña sonrisa… ¿o es que ella tampoco
quiere recordarlo es un rictus de asco?
Platanomóvil militar brasileño robado para volver a
nuestras líneas.
Diabólicas armas de diseño brasileño.
Desde Andalucía, de regreso tras la derrota en Norte de
Brasil, se despide este corresponsal.
Espaugyl










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